Ayer al mediodía estuvimos en el panteón de San Lorenzo Tezonco, en la inmensa ciudad de México. Estuvimos en el sepelio de Izaac, mi sobrino. Él era un joven que recién terminaba la adolescencia. En las primeras horas del lunes nos enteramos que había fallecido, después de estar muy gravemente enfermo y hospitalizado en el Centro Médico Siglo XXI. Contra su enfermedad no pudo la ciencia y la atención del personal médico de ese centro. Su vida terminó.
Seguramente Izaac fue muy amigo de sus amigas y sus amigos, jovencitos como él. Cuando arribamos a su velorio al anochecer del lunes muchos de ellos ahí estaban acompañando a la familia. A la media noche vi que una de ellas lloraba inconsolable, cuanto lo quizo. En la madrugada del martes, ayer, conversé con una de sus amigas que desde La Paz, Baja California, vino a acompañarlo. Me platicó que hacia cuatro semanas habían ido a la playa sudcaliforniana, que fue la última vez que compartió con él. De Los Cabos a la ciudad de México fue su último viaje, para recibir atención médica, la recibió y no fue posible salvarle la vida.
Ayer dejamos el cuerpo de Izaac en el mismo cementerio donde hace once años dejamos el de su madre. Allí se quedó, junto a las otra tumbas. Sus amigas y amigos le brindaron una porra, la misma porra con la que animan a su equipo de futbol, Los Pumas: ¡Goya!, cachún, cachún ra ra ¡Goya!...
